El pasado miércoles me entró un comunicado vía WhatsApp absolutamente inesperado. El mensaje no lo recibí directamente de su originario emisor, sino de mi propia hija, siempre al amparo de los que sufren y defensora de un mundo más justo y tolerante.
En su manifiesto expresamente dirigido a mí había un emotivo mensaje cuyos detalles no puedo desvelar por motivos obvios. No obstante, su triste relato ha sido el detonante de esta nueva publicación.
Como civilización avanzada que somos, al escuchar que en Tanzania se persigue y se mata como animales a una media de 70 niños albinos al año por una necia superstición extendida que manifiesta que las extremidades de los cuerpos de los albinos traen buena suerte, nos pone los pelos de punta, debo decir que también en los países avanzados castigamos y actuamos de forma irracional con los incomprendidos de nuestra sociedad.
En todos los colegios de cada uno de los pueblos y ciudades del mundo existe un absurdo e incomprensible acoso extendido sobre un gran colectivo de miles de niños y adolescentes que son vejados y maltratados cada uno de los días del año.
Son los niños y niñas de ojos tristes, aquellos que sufren en silencio, que cada lunes cuando acuden al colegio o instituto lo hacen atormentados, que no son capaces de encontrar una razón aparentemente razonable a su desgracia, pero que son el punto de mira de sus acosadores.
Estos infortunados suelen tener un carácter bondadoso al cual se le suma algún tipo de característica física o comportamiento distinto al del resto de compañeros, con lo cual, la exclusión está garantizada. Algunos de ellos, poseen ciertas habilidades con las que pueden destacar sobre los demás porque son especiales, pero curiosamente son los más pisoteados, pues están vistos como una amenaza.
No se trata de casos aislados sino de un gran colectivo en todo el mundo que tiende a rodearse de un círculo de amigos afines en busca de comprensión y tolerancia, que comparta con ellos sus mismos problemas. Son gente sana, extremadamente imaginativos y sensibles, con gustos y costumbres un tanto diferentes a las del resto, tal vez destaquen por su peculiar forma de vestir, por rechazar las drogas y el alcohol, por ser usuarios asiduos de los video juegos, aficionados al Ánime y al Manga, y tal vez a vestir como sus personajes preferidos.
También buscan refugio en las redes sociales para compartir su dolor, pues ello lo hace más llevadero.
Son víctimas de su propio mundo, en solitario o junto a sus amigos, por el simple hecho de ser como son, pues sus verdugos están siempre al acecho para maltratarles con su despiadada maldad.
La perspicaz crueldad con la que los grupos acosadores someten a sus víctimas llega a límites insospechados. La fatiga emocional impide a sus víctimas llevar una vida normal y feliz como cualquier otro chico o chica de su edad. No se atreven a contarlo porque sus acosadores de forma inteligente los anulan. Van acumulando tensión, una tensión peligrosa cuyo resultado si se rompe podría tener consecuencias no deseadas.
Aun cuando llegue el momento en el que estos indeseables por fin desaparezcan de la vida de sus acosados, la huella que dejarán perdurará para siempre, pues habrán aniquilado una personalidad en su fase más delicada y vulnerable.
Creo que ya es hora de que estos activos acosadores entiendan que lo que hacen está mal y es de extrema gravedad, que ya es hora de que se jubilen para siempre y que el acoso sólo sea un vestigio del pasado. Porque seamos como seamos todos merecemos un respeto y una convivencia en paz y armonía con nuestros semejantes.
Si te sientes acosado, no te calles, porque existen unos extraordinarios protocolos de actuación para estos casos en lucha constante que nos garantizan ese respeto que todos merecemos.
Escrito por José Mulet
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